“No vengo a un homenaje”

“Bona tarda”, dijo Josep Guardiola antes de responder la primera pregunta en la rueda de prensa que marcó ayer su regresó al Camp Nou, el campo donde soñó jugar, donde se hizo hombre y un nombre como futbolista, y donde lo ganó todo como entrenador no hace mucho tiempo. Volvió ayer como entrenador del Bayern y, según dijo, eso le hizo feliz. “Estoy muy contento de estar aquí. Pero no vengo a un homenaje, vengo a ganar”, avisó, como si hubiera dudas, como si no se le conociera, como si no hubiera aprendido a competir en La Masia. Pep, tras saludar en catalán, habló a ratos en alemán, a ratos recuperó su lengua materna y a veces, si se lo pidieron, se expresó en castellano. Siempre con respeto y sentido. Nada nuevo. Regresó el mito a casa.

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Lo hace como rival, que no como enemigo. Difícilmente lo será alguna vez. Juntos él y el Barça caminaran de por vida, por mucho que hoy entrene al Bayern. “No dudo de que me recibirán bien. Esta es mi casa, son 30 años”, admite. Y como si no hubiera pasado el tiempo, llenó la sala de prensa Ricard Maxenchs, a reventar de expectación, de sentido común, sentimiento y profesionalidad. “He venido a ejercer mi profesión”, advirtió antes de explicar que durante los días que lleva analizando el juego del Barcelona miraba cada vídeo como si no fuera el club de su vida, sino un rival cualquiera. Hasta que, claro, sonaba el teléfono y el que llamaba era su padre. Entonces “la cosa cambiaba” y explotaba la evidencia: juega contra el Barça.

Y ahí, una realidad descarnada: “Es difícil encontrar un punto débil en el talento del Barcelona”. Y Messi, a quien no ha encontrado la manera de desactivar. “Imposible. No hay defensa que pueda parar a Messi. Hay equipos que prueban con nueve en el área, otros con presión arriba, da igual… en el estado en el que está ahora no hay entrenador ni sistema defensivo que le pare. Es demasiado bueno. Hay que limitarle de otra manera”, dijo. Y se le escapó, o no, una voluntad. “La idea es atacar. Necesitamos un gol”.

Reconoció, eso sí, que le ha dado vueltas y que ha pensado mucho en el aspecto defensivo, por lo que con lo puesto, con los futbolistas que no tiene lesionados —“no me habéis escuchado nunca quejarme de eso y no lo haré ahora, por lo que competiremos con lo que tenemos”, aclaró— y con la duda de si estará y cómo Lewandowski, pues será él el que decidirá si puede jugar con la máscara que le proteja la mandíbula rota, el Bayern tratará de que Leo no reciba mucho el balón.

Imposible. No hay defensa que pueda parar a Messi. Unos prueban con nueve en el área, otros con presión arriba, da igual… No hay entrenador ni sistema que le pare”

Pep Guardiola, entrenador del Bayern Munich

Guardiola dispondrá ayudas y tapará pasillos interiores, pero antes, en la sala de prensa, se rindió ante el que, bien lo sabe, es el más grande. “Da igual, la magnitud de su talento no se defiende. Tanto talento no lo puedo controlar. Eso hace diferentes a jugadores como Messi y Neymar, Suárez… Puedes imaginar cosas, pero cuando piensas que saldrán por la derecha, salen por la izquierda. Lo que intentaremos es sorprenderlos”, dijo el técnico del Bayern.

Metido en faena, avisó de que la intención es marcar, sencillamente porque lo necesitan. “Estamos en la semifinal porque Thiago marcó en Oporto. Si nos vamos del Camp Nou sin un gol será imposible llegar a Berlín”, expuso. Un axioma que ha transmitido a sus jugadores. Y llegados a ese punto, reconoció que su amor y respeto al Barcelona no depende de la forma de celebrar un gol, si este llega o cuando lo haga. “Pero me pondré contento, seguro, porque quiero ganar, quiero estar en Berlín”.

En lo que fue un regreso propio de lo que es, un entrenador grande en la pizarra y en la sala de prensa, cerró su discurso, su lección antes de volver a pisar el césped del Camp Nou y dirigir el entrenamiento seguramente más extraño de su vida, con una intuición: “Cero a cero el partido no terminará”. Volvió el mito, habló Pep.

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