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El ciclismo profesional ya no volverá a frenar de la misma manera

El anuncio de la próxima introducción de los frenos de disco en el ciclismo profesional de carretera que hizo la UCI la semana pasada no cogió a nadie por sorpresa, aunque muchos lo hayan interpretado como una revolución. Todos los estamentos ciclistas (corredores, equipos y, sobre todo, fabricantes) sabían que más pronto que tarde los discos de freno iban a llegar al pelotón como lo han hecho a otras disciplinas: hace una década que se utilizan en el mountain bike y dos años que están en el ciclocross. Tampoco es extraño ver a cicloturistas montando bicicletas de carretera con ese material. Pero no será hasta el próximo mes de agosto cuando veamos esos frenos en el World Tour, que agrupa a las carreras de máximo nivel del calendario.

«Es una frenada distinta, el tacto es distinto», explica Luis Pasamontes, exciclista profesional y ahora mentor en Challenge 359. En su opinión, los ciclistas que en pretemporada usan mountain bike sí que tienen ese tacto más cogido, pero en carretera «va a ser distinto porque se rueda mucho más en pelotón, con distancias mucho más cortas entre ruedas». «Hay que coger ese tacto a base de entrenamientos, pero no creo que sea difícil. Al final, el corredor se adapta rápidamente al material», añade. José Luis de Santos, presidente de la Asociación de Ciclistas Profesionales (ACP), también cree que los corredores tardarán un poco en adaptarse: «En un pelotón, con 200 corredores, carretera estrecha, la distancia de frenada la tienen cogida todos los corredoes con los puentes tradicionales, no con los frenos de disco».

El cambio no será inminente. El plan anunciado por la UCI busca la implantación definitiva de los frenos de disco en el año 2017 si van bien las pruebas que comenzarán este verano. Los equipos podrán probarlos en dos carreras durante los meses de agosto y septiembre. Y en el 2016 podrán hacerlo en todas la carreras del calendario. No está muy claro si en esas carreras todos los equipos llevarán el nuevo material a la vez o si habrá corredores con dos tipos de freno. En ese caso, cuenta Pasamontes, sí que puede haber alguna diferencia en los descensos.

«Si pones una bici con frenos de disco en un bajador bueno, puede hacer diferencia en una bajada con respecto a otros corredores», dice.

Los frenos de disco se estrenarán en agosto (Foto: Abhishek Mishra/Flickr)

Como el pedal automático y el cambio electrónico

«Esto es un poco como cuando comenzaron los pedales automáticos en los 80. Empezaron a llevarlos los más ‘modernos’, y había gente a la que le costó más y llevaba los rastrales. Con esto pasará lo mismo», afirma David Fernández, uno de los mecánicos de Sky, equipo que ha destacado desde su llegada al pelotón por ir a la vanguardia de los avances tecnológicos. Él, como Pasamontes y De Santos, no cree que se pueda calificar de revolución la introducción de este tipo de frenos, pero sí que opina que supondrá otro salto hacia adelante similar al de otros adelantos de las últimas décadas. Y pone otro ejemplo: «Al principio la gente no confiaba en el cambio electrónico, y ahora cada vez hay más bicicletas con él. Estoy seguro de que de aquí a dos o tres años todas las bicicletas irán con cambio electrónico. Y con el freno de disco, lo mismo. Estoy segurísimo».

«Va a ser un avance que no será muy llamativo porque ya está en otras disciplinas. El cambio electrónico fue brutal porque se pasó del cable a lo electrónico. El freno de disco va a ser un avance y va a estar bonito ver a los grandes bajadores lanzándose con esos frenos», vaticina Pasamontes.

La principal diferencia entre los frenos de disco y los tradicionales se verá, sobre todo, con la lluvia. «Tiene una frenada mucho mejor que una zapata, en condiciones de agua siempre va a ser diferente«, apunta Fernando Citaula, mecánico del equipo Caja Rural-Seguros RGA. «Los he probado en bajadas mojadas de puertos de montaña y el resto de personas que me acompañaban tenía que frenar mucho antes, como se frena habitualmente con la zapata tradicional, para que la llanta se secase, y con el freno de disco yo no tenía ese problema. Frenaba justo encima de la curva y les metía metros de diferencia», relata Pasamontes.

Los cambios de rueda pueden ser más lentos (Efe)

Seguridad y los cambios en carrera, ¿problemas?

La decisión de la UCI viene motivada tanto por la presión de los fabricantes como por el deseo de su presidente desde 2013, Brian Cookson, que anunció su intención de darle un impulso a la innovación en las bicicletas, frenada desde finales del siglo pasado. La UCI contrató como consultor a Dimitris Katsanis, reconocido ingeniero para ello. «La UCI siempre fue reacia a cambios bruscos en las bicicletas, lo podemos comprobar en las bicis de contrarreloj, que es lo que más ha avanzado. Siempre ponen una normativa que no deja desarrollar a las marcas todo lo que quisieran», explica Citaula. La introducción de los frenos de disco puede ser un paso en la otra dirección. «Han avanzado mucho. Y hay dos marcas que lo han hecho mejor, como Shimano y SRAM, sobre todo Shimano», comenta José Luis de Santos. Hay una tercera, Campagnolo, utilizada por el Movistar.

«No se pueden poner en un cuadro que no esté preparado para frenos de disco», dice David Fernández. Ese es un obstáculo fácil de solucionar porque los fabricantes ya tienen cuadros que se adaptan a ese tipo de frenos, pero hay otros que pueden crear problemas. El principal, los cambios de rueda en carrera, en teoría mucho más complicados, tanto para el propio equipo como para la asistencia neutra. «Tiene que ser más preciso. El día que pinche un corredor, en según qué momento, habrá que cambiar de bici», explica el mécanico del Sky. Otro problema puede ser el peligro de corte en las caídas, pero en general todos coinciden en que la experiencia del corredor es más segura, aunque hasta que no se prueben en competición no se sabrá exactamente cómo van influir. «Los ciclistas llevan las bicicletas al límite», incide Citaula.

El estilo de vida occidental mata las bacterias del cuerpo

En su camino de progreso, los occidentales no solo están acabando con la vida que les rodea, también con la que llevan dentro. Una comparación entre el microbioma intestinal de estudiantes en EE UU y miembros de dos comunidades de Papúa Nueva Guinea (Oceanía) muestra que los papúes tienen mayor diversidad de bacterias. Las servidumbres del estilo occidental, con su higiene, su dieta o sus antibióticos, están llevando a la extinción a organismos que, en la mayoría de los casos, llevaban cientos de miles de años conviviendo con nosotros.

Un número creciente de biólogos sostiene que cada ser humano es en realidad un holobionte (de todo y vida, en griego) formado por el humano y su microbioma. No en vano, dentro de cada uno hay un kilo y medio de bacterias: unos 100 billones de microbios agrupados en centenares de especies. La mayoría llevan con nosotros desde que bajamos del árbol. Las hay en la piel, en los genitales, en la boca y, en especial, en el aparato digestivo donde, en un complicado equilibrio, hacen la mayor parte del trabajo que transforma la comida en nutrientes, alimentándose de los que el cuerpo no se necesita.

Sin embargo, los humanos actuales, en especial los occidentales, ya no son los mismos. La Revolución industrial y las revoluciones que la siguieron (la del transporte, la sanitaria, la del consumo o la homogeneización cultural) han creado un estilo de vida que es hostil para las bacterias. Lo bueno del progreso es que ha acabado con muchas de las infecciones de origen bacteriano en las sociedades avanzadas. Lo malo es que está atacando a las bacterias que, como organismos simbióticos, vivían por y para los humanos.

Los ocidentales tienen un 15% menos de diversidad bacteriana que los habitantes de Papúa Nueva Guinea

La última prueba la acaban de obtener un grupo de microbiólogos americanos y australianos que han estudiado el microbioma intestinal de un grupo de estudiantes de una universidad estadounidense con el de dos grupos de papúes, comprobando que los primeros tienen ecosistemas bacterianos más pobres que los segundos.

«Los individuos de Papúa Nueva Guinea alojan un promedio de 224 especies, mientras que los residentes en EE UU tenían una media de 197», dice el biólogo de las universidades de Alberta (Canadá) y Nebraska (EE UU) y coautor del estudio Jens Walter. «Si lo expresamos en porcentaje, se puede decir que los residentes estadounidenses tiene un 15% menos de diversidad», añade.

Con la ayuda de microbiólogos australianos y papúes, Walter y su equipo de investigadores llegaron hasta dos comunidades rurales en la ya rural Papúa Nueva Guinea. De las tierras altas de Goroka, seleccionaron a una veintena de adultos del pueblo de los asaro. De las llanuras de Madang, a otros tantos de entre los sausi. En ambos casos, bondades de la occidentalización como el agua corriente, recogida de basuras o retretes aún no han llegado. Su dieta es mayoritariamente vegetal, rica en fibra pero reducida a la batata, taro o plátano que cocinan al aire libre. Solo ocasionalmente comen carne o pescado.

El microbioma de los papúes es más homogéneo entre cada uno de ellos

Como grupo de control, los investigadores reclutaron a un grupo de estudiantes de la universidad de Nebraska. La mayoría, salvo dos, no eran estadounidenses. Los había de varios países latinoamericanos, asiáticos y algún africano. A pesar de su diversidad de origen todos encajan en lo que se llamaría estilo de vida occidental.

Los biólogos tomaron muestras fecales de todos los participantes y realizaron un análisis genético para dibujar el microbioma intestinal de cada uno. Buscaban diferencias y coincidencias tanto de grupo como entre cada individuo. Identificar todas las cepas de bacterias por su huella genética es una tarea ardua que exige una secuenciación casi completa, así que usaron una técnica que permite catalogarlas en unidades taxonómicas superiores a la especie, como género, familia, orden…

Tal y como publican en Cell Reports, los científicos encontraron un total de 1.520 de estas unidades taxonómicas. Pero, mientras entre los papúes, su microbioma estaba formado por más de 1.250 unidades, entre los estudiantes la cifra se quedó en las 931. Además, entre los asaro y los sausi, sus microbiomas se superponían y eso que ambas comunidades distan entre sí unos tres días a pie.

Entre las especies detectadas, los autores del trabajo comprobaron que la mayoría de los papúes tenían al menos unas 45 que no aparecen en la microbiota de los occidentales. Al contrario, en los estudiantes solo detectaron cuatro especies que no salían en el análisis de las heces de los indígenas.

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Los asaro de Papúa Nueva Guinea tienen mayor diversidad bacteriana que los occidentales y su dieta rica en fibras es una de las causas. / Andrew Greenhill

«Un caso especial es el de la Lactobacillus reuteri, detectada en todos los participantes de Papúa Nueva Guinea pero ausente en los de EE UU», comenta la investigadora uruguaya y principal autora del estudio, Inés Martínez. «En los años 60, esta bacteria era frecuentemente aislada en los occidentales y en un número elevado, pero hoy en día apenas se detecta», añade. Entre las posibles razones para su desaparición podrían estar cambios en la dieta o algún factor que haya alterado su forma de dispersión.

También encontraron diferentes grados de abundancia de varias familias de bacterias. Al menos 25 familias y 45 géneros presentaban diferencias significativas en cuanto a su número entre occidentales e indígenas. Por ejemplo, la presencia del filo Bacteroidetes era mayor entre los papúes, mientras que el género Bifidobacterium era mayor en los estudiantes.

Otro dato que confirma el estudio es un fenómeno ya mostrado en trabajos anteriores. Aunque la diversidad de bacterias de los occidentales es menor, su microbioma es más diverso de individuo a individuo. Así, la microbiota de cada asaro o sausi es muy parecida a la de los demás miembros de la comunidad. En el caso de los participantes de EE UU, sus microbiomas diferían más entre sí.

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«Lo más interesante es que este patrón se observa de forma similar en todos los estudios hasta el momento que han comparado la microbiota de gente en sociedades industrializadas versus no industrializadas», recuerda Martínez. Distintos científicos han señalado a diversas causas de esta menor homogeneidad entre los occidentales, como la dieta o los distintos estilos de vida.

Para explicar este doble fenómeno de mayor diversidad y homogeneidad entre los no occidentales frente a los occidentales, los autores del estudio recurren a mecanismos ecológicos. Las bacterias están tan vinculadas a su huésped, que los cambios o continuidades en los humanos ayudan a explicar el destino de estos microbios.

«Nuestra hipótesis propone que un mecanismo importante por el que esto puede ocurrir es la mayor dispersión de bacterias entre las personas en sociedades no industrializadas», sostiene Martínez. Las sociedades occidentales han levantado barreras contra esa dispersión en forma de mayor higiene, tratamiento del agua, antibióticos… que han combatido muchas infecciones pero que, «como daño colateral, han provocado una menor dispersión de las bacterias simbiontes», añade la investigadora uruguaya.

Para los autores del estudio, con el estilo de vida occidental, existe el riesgo de que se pierdan bacterias que podríamos necesitar más adelante. «Si en el futuro identificamos bacterias que no son detectables en el Occidente, pero sí lo son en países no industrializados, y al estudiarlas vemos que tienen un beneficio a la salud, las podríamos administrar como probióticos a los occidentales», mantiene Martínez.

En todo caso, el estudio concluye recordando que, a pesar de las diferencias detectadas entre la microbiota de los asaro, los sausi o la veintena de estudiantes venidos de varios países, todos comparten entre el 87% y el 97% de las bacterias fundamentales.

En esta noticia

Documento: ‘The Gut Microbiota of Rural Papua New Guineans: Composition, Diversity Patterns, and Ecological Processes’