Málaga-Dépor, la necesidad empata

Igualaron Málaga y Deportivo y cierran la jornada sin saber si festejar el punto conseguido o añorar los dos que tuvieron cerca en un partido sin dueño, de esfuerzo y estrategia, pleno de tensión porque a estas alturas a casi todos les aprieta el zapato, nadie acaba de estar cómodamente calzado en una posición en la tabla que culmine sus aspiraciones, ni siquiera este Málaga que tras pasarse media Liga entre los siete primeros lleva ahora seis partidos son vencer y siente ahora el aliento de sus perseguidores, cuanto más el Deportivo, que hila ya once jornadas sin ganar.

Cerca estuvo la victoria. La tuvo el Málaga en el último aliento, en un testarazo de Javi Guerra al que respondió Fabricio con una de las paradas de la temporada. Poco antes casi la cantó el Deportivo con un libre directo que Lucas Pérez envió al palo. Como en aquel cinematográfico match ball londinense de Woody Allen, la pelota se paseó sobre la línea, que ejerció de imaginaria cinta para separar quien sabe si un futuro diferente para el conjunto gallego, redivivo al fin en aspectos como el control del ataque rival, pero de nuevo desafortunado en una de sus taras, el remate. No pegó el Deportivo cuando pudo y no cesó de sufrir por ello porque el Málaga le obligó a extremar la atención para trabajar la espalda de la zaga. Hacia allí orientó buen parte de sus ataques la pizarra de Javi Gracia, hacia la velocidad y la ruptura de Amrabat y Juanmi. Por ahí encontró un remate al poste nada más empezar el partido el nuevo internacional español, que acabó la mañana difuminado al filo del fuera de juego, casi siempre un paso más allá de lo debido.

Se replegó sin ambages el Deportivo, a la espera, tratando de afianzarse desde atrás, sin tanto balón como acostumbra, pero con una paciencia que en su situación casi roza lo temerario. Jugó con el reloj y con el esfuerzo del rival para crecer con el paso de los minutos, durmió el partido y anuló a los siempre bulliciosos atacantes del Málaga, golpeado y renqueante desde muy pronto Samu Castillejo, apenas sin balón Samu. Tan sólo Amrabat logró escaparse del radar deportivista, siempre exuberante e imprevisible el pelado delantero. Fue él quien encontró un espacio tras los centrales para adelantar al Málaga en un inicio de la segunda parte desmadrado. Marcó el marroquí con un potente chut que se le escurrió a Fabricio y entonces, con tres cuartos de hora de partido por delante, el Deportivo se lanzó a por la réplica con la fiereza de la desesperación. Volteó el partido, subió líneas y asumió riesgos dejando un latifundio ante Fabricio, terreno abonado para tanto velocista como atesora el Málaga, pero llegó pronto a las tablas gracias a un cabezazo de Oriol Riera, una rareza en la campaña del cuadro gallego, que por una vez sacó fruto de una acción a balón parado sin rebotes ni situaciones extrañas.

La recobrada igualdad devolvió todo a la situación anterior. Reculó varios pasos el Deportivo, buscó un nuevo aire el Málaga con Duda al comando de las operaciones. Llegó un gol bien anulado a Samuel García que mostró que la línea de cuatro que había dispuesto Víctor Sánchez del Amo volvía a estar acoplada. Se había armado con un 4-4-2 el técnico madrileño, con Juan Domínguez en una inopinada posición de repliegue en la banda izquierda en su regreso a la titularidad después de tres meses de sombras. Llegó más fuerte su equipo al epílogo del partido, pero siempre con el temor a la pegada del rival. Por eso, entre otras cosas, el Málaga le aventaja en 18 puntos en la tabla. Pero al final hasta en eso se igualaron, tuvieron la victoria y firmaron el empate.

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Respira el Almería mientras se ahoga el Eibar

A la carrera, el Almería alcanzó una victoria que le da vida ante un Eibar que ha perdido prestaciones y oxigeno, sin apenas crédito. Dos puntos le separan del descenso que ocupa ahora el Dépor. La velocidad de Zongo y Thievy, la gestualidad de Wellington Silva que se inventó un penalti, concedieron al conjunto de Sergi Barjuan una victoria que reafirman sus posibilidades de salvación, igualado a 31 puntos con el Eibar que, al menos, salvó el golaverage particular entre ambos equipos (5-2 a favor del conjunto armero en Ipurúa). El fútbol no entiende de romanticismos. Con escaso potencial el Eibar se instaló en la gloria en la primera vuelta. La realidad se acaba imponiendo.

Ha agotado ya las rentas el Eibar obtenidas en una primera parte de campeonato perfecta, cosechando 27 puntos que presagiaban una primera participación plácida en la máxima categoría de fútbol español. Cuatro puntos de 42 disputados en la segunda vuelta, explican que a cinco jornadas para la conclusión de la Liga, el Eibar se encuentre de lleno metido en el fango, con más dudas que certezas, tocado en el ánimo viendo como los equipos que se encuentran inmersos en la lucha por evitar el descenso, como el Almería, reaccionan mientras el grupo de Garitano permanece estancado.

Concluyó Thievy con un duro disparo de zurda un contragolpe perfecto a la salida de un córner del Eibar. Se adelantaba en el marcador el Almería con el gol del franco-congoleño apenas cumplidos los ocho minutos de juego, cuando los equipos aún no tenían definidas las propuestas, con claras intenciones ambos de conquistar una victoria fundamental para la salvación, vital para el grupo de Sergi Barjuan con menos margen de error.

Reaccionó el Eibar a la adversidad dando un paso al frente, adelantando las líneas, presionando el inicio del juego almeriense, conquistando el esférico, obligando al conjunto andaluz a ordenarse en defensa. Atacaba el Eibar y contestaba en un principio el Almería con velocidad, la que imprimen Zongo, Thievy y Espinosa. En una nueva contra conducida por Zongo, Thievy pudo doblar la ventaja al filo del descanso. Con Irureta vencido, Lillo interpuso la cabeza para desviar el balón rematado de manera mordida por el exjugador del Espanyol. Para entonces, el juego lo capitalizaba por completo el conjunto armero cercando la portería de Rubén que intervino felizmente a disparo de Arruabarrena, la única ocasión clara del Eibar en el primer acto.

Thievy de nuevo en el inicio del segundo periodo, estrelló el esférico en el larguero tras una gran internada de Zongo por el costado derecho superando a Dídac Vila y asistiendo al franco-congoleño que ajustó en demasía el tiro. La velocidad del Almería desbordaba al Eibar, ortodoxo en el despliegue, sin picante llegado al área de Rubén, apenas exigido. Equilibrado el choque en la medular, Garitano optó por el juego directo con la presencia de Piovaccari y Lekic. Contestó Sergi Barjuan con la introducción de Wellington Silva por Hemed. Al minuto, tras un par de bicicletas, con habilidad y cierto teatro, el extremo de Rio de Janeiro se fabricó un penalti tras un leve toque de de Dídac que picó el anzuelo. La pena máxima la transformó con suspense el capitán Verza. Para respiro del Almería. El Eibar se ahoga.

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Una fiesta sin cerveza

Abortada la resistencia pasajera del Dortmund, que le birló dos Bundesligas (2011 y 2012) con la seductora propuesta de Jürgen Klopp, el Bayern no encuentra mayor estímulo ni desafío en su propio campeonato que la autosuperación. La liga alemana se traduce en un ejercicio rutinario para el gigante bávaro, gobernador implacable del torneo en los últimos tiempos —10 cetros de 15 desde la entrada en el nuevo siglo—, sea en la versión que sea. Ayer, después del tropiezo del Wolfsburgo frente al Moenchengladbach (1-0) y del triunfo un día antes contra el Hertha Berlín (1-0) en su lujoso hogar, el equipo muniqués celebró su 25º título en Alemania.

Se trata del segundo con Pep Guardiola en su banquillo, el quinto del catalán desde que aterrizó en la región de Baviera. Contratado hace dos años para llevar a cabo una obra magna, para implementar un estilo vistoso y contracultural en medio de un torneo rudo y físico hasta hace no mucho, el técnico ha atado el objetivo a falta de cuatro jornadas para la conclusión del campeonato. Aunque ha tardado tres semanas más que el curso pasado, cuando se convirtió en el campeón más precoz de la Bundesliga, los registros del Bayern vuelven a ser categóricos.

Tomó el mando desde la quinta jornada —la temporada anterior lo hizo en la octava— y por el camino ha dejado varios marcadores rotundos —6-0 al Werder Bremen, 8-0 al Hamburgo (su triunfo liguero más abultado en 30 años) o el 0-6 en Paderborn—, así como unos registros demoledores: 24 victorias, cuatro empates y solo dos derrotas; ante el Wolfsburgo y el Borussia Moenchengladbach, precisamente. Hasta ahora, su ratio goleador se eleva a 2,53 dianas por encuentro (77 a favor y 13 en contra), ligeramente inferior al de la 2013-2014, sellada con un promedio de 2,65 y 94 tantos, por los 23 encajados.

Vuelve Guardiola a engarzar el título después de tomar decisiones complicadas el pasado verano y de dar una vuelta de tuerca a su equipo, golpeado por las lesiones. Dio vía libre al traspaso de dos jugadores importantes como Kroos (Real Madrid) y Mandzukic (Atlético) e incorporó piezas estratégicas como Xabi Alonso, jefe de operaciones en el centro del campo, o el polaco Lewandowski (16), segundo goleador del Bayern en el torneo doméstico por detrás de Robben (17).

La cifras vuelven a ser demoledoras: 24 triunfos, cuatro empates y dos derrotas, con un promedio goleador de 2,53 dianas por encuentro

Asimismo, decidió el entrenador españolizar un poco más el equipo. A la presencia de Javi Martínez y Thiago, reclutados en su primer año en Múnich, añadió la de Reina y Bernat, al que ha concedido un papel relevante en el carril izquierdo del equipo. En la faceta creativa sobresale hoy el joven Thiago, decisivo en el pase a las semifinales de la Champions, en las que el cuadro alemán quedó emparejado con el Barça. Antes de acometer el reto europeo y de la semifinal de la Copa, mañana martes (20.30), a partido único frente al Dortmund, despejó el camino con su 19º título como entrenador.

“Lo celebraremos por todo lo alto”, dijo el director general del club, Karl-Heinz Rummenigge. A buen seguro, con la cerveza que también regó a Guardiola hace un año.

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Un derbi con balas de fogueo

La llama del derbi entre el Arsenal y el Chelsea se mantuvo viva el tiempo que tardó en darse cuenta el equipo de José Mourinho, plano y reservón, de que un empate (0-0) en el Emirates era un resultado de oro. Levantaron el pie del acelerador los blues y se destensó el cuadro de Arsène Wenger, al que ni siquiera el acicate de batir por primera vez a su colega portugués –siete derrotas y seis empates a favor del luso en el cara a cara– le sirvió de estímulo. A falta de cinco jornadas para la conclusión de la Premier y con un partido menos, el Chelsea ya acaricia la corona inglesa: cuenta ahora con 10 puntos de renta sobre el City y los gunners. Alirón a la vista, por tanto.

Si una dosis del morbo se concentraba en los banquillos, por el desencuentro eterno entre los técnicos, otra buena porción correspondía al número 4 de los blues. Antiguo buque insignia de los gunners, Cesc eligió la opción de Stamford Bridge después de que Wenger descartase su regreso al Emirates el pasado verano.

“Porque quería ganar títulos”, se encargó de enfatizar Mourinho en la previa del encuentro. Así que recibió los calurosos bufidos de los seguidores del Arsenal cada vez que tocó el esférico. Cada intervención del medio, ahora de azul e infiltrado en las filas enemigas, vino acompañada del ruidoso ¡buuuh! de la grada. Solo una pequeña tregua al final, cuando fue relevado por Zouma y recibió unos pocos aplausos como reconocimiento por los servicios prestados.

Enmascarado a raíz de la fractura nasal que sufrió a principios de mes, al medio pareció importarle más bien poco el revuelo. En su línea esta temporada, tejió el juego del Chelsea y mandó. Y de un delicioso pase suyo, en forma de parábola, nació la primera gran oportunidad de los visitantes. Oscar ganó la espalda a la defensa, Cesc filtró el cuero y el brasileño logró rematar el balón ante la salida de Ospina, que arrolló al atacante y le dejó grogui; el árbitro, muy desacertado, obvió la pena máxima, más que evidente. Camino del gol, el balón fue desviado finalmente por Bellerín, velocísimo en la carrera.

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Welbeck intenta rematar ante Terry. / Eddie Keogh (REUTERS)

Acto seguido, Fàbregas fue de nuevo protagonista, pero en la otra área. Le tiró una finta a Cazorla y cayó, pero el árbitro no interpretó el leve toque del asturiano como penalti y le amonestó. En la banda, risas burlonas de Mourinho, quien poco después aparcó los aspavientos ante una mano clarísima de Cahill en su intento por atajar un disparo a media distancia de Cazorla. El centrocampista asturiano volvió a actuar como mediocentro, en compañía del bregador Coquelin, y fue de nuevo el mejor soporte de su equipo. Nada que ver con el taciturno Özil, desfondado y sin desborde, una caricatura de aquel estilista que sedujo al Bernabéu.

La batalla en su terreno, la zona media, fue hermosa. Por ahí fluyó la mayor parte del tiempo el balón, tratado con mimo durante el primer acto por parte de ambos equipos, pero inyectado de una anestesia innecesaria en la segunda mitad. Y eso que Mourinho abandonó la fórmula del falso ariete con Oscar –forzada por las ausencias de Diego Costa y Remy– y desenjauló al viejo Drogba, invitado non grato en el Emirates debido a los ocho goles que le ha endosado al Arsenal en las 12 veces que le ha encarado. Esta vez no tuvo la opción el delantero marfileño, 37 años ya en su DNI.

Cesc fue abucheado en su retorno, pero al ser sustituido recibió aplausos por los servicios prestados

Para intentar destrabar el asunto, Wenger también tiró de dinamita en el tramo final del duelo. Miró a la banqueta y retiró a Coquelin y Giroud para dar entrada a Welbeck y Walcott, dos picas poco afiladas. No cambió el panorama. Enredos e imprecisiones, contención y escasas opciones reales de hallar el gol. Uno, el Arsenal, que quería pero no podía; y otro, el Chelsea, al que con el paso de los minutos le gustó más y más el empate. De ahí los brincos finales de los blues tras el pitido definitivo, después de un derbi con balas de fogueo que les deja a un paso del título. Será, salvo hecatombe, el primero de Mourinho en su retorno al Bridge.

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Garitano abandona la rueda prensa tras las quejas por usar el euskera

El entrenador del Eibar, Gaizka Garitano, abandonó la rueda de prensa posterior al partido que su equipo perdió esta tarde ante el estadio de los Juegos del Mediterráneo ante el Almería (2-0) después de que los periodistas locales se quejaran porque las dos primeras preguntas y sus correspondientes respuestas fueran en euskera.

La comparecencia de Garitano comenzó con una pregunta en euskera, respondida por el técnico del conjunto donostiarra también esa lengua, lo que provocó las quejas de algunos de los medios de comunicación almerienses presentes en la rueda de prensa. Ante una segunda cuestión en euskera, continuaron las quejas por parte de los periodistas locales y Garitano optó por levantarse y abandonar la sala de prensa.

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El Sevilla, una máquina de ganar

No contento con sus andanzas en Europa, el Sevilla muestra una ambición incontenible también en la Liga. El equipo de Emery es una máquina casi perfecta, que tiene aprendida la lección y en la que todos sus engranajes funcionan con precisión suiza. Lo mismo rinde Vitolo que Denis Suárez. Lo mismo Kolo que el lesionado Pareja. Da igual que juegue Reyes o lo haga Aleix Vidal. Gameiro o Bacca.

El Sevilla responde siempre. En especial en Nervión, donde acumula ya la friolera de 34 partidos sin perder. El conjunto andaluz resalta por su pegada, descomunal, y su fiabilidad. En espera de lo que haga el Valencia hoy ante el Granada en Mestalla, recupera la cuarta plaza.

Vino a ayudarle un Rayo de muy buenas maneras y pocas maneras defensivas. Algo de sobra conocido en el grupo que dirige Paco Jémez, que muere con sus ideas. Incluso no alinear a Bueno. Además, tuvo la mala suerte de que se le lesionara Amaya a los 13 minutos, fundido ante la primera carrera del rápido Gameiro. La adelantada defensa del Rayo fue una invitación a las carreras del francés, un bólido sin precisión, atento siempre a los pases filtrados de Reyes y Banega. No marcó Gameiro, pero tuvo hasta tres claras ocasiones para hacerlo. Se encontró con Toño, soberbio.

Tras un fantástico primer tiempo, Emery se permitió el lujo de acabar el partido con jugadores como Aspas y Deulofeu, que apenas han contado en los últimos éxitos del equipo. El Sevilla fue una apisonadora en el primer tiempo y luego se relajó, lo que permitió que el Rayo, al que a veces da gusto jugar, gozara de muchas ocasiones para marcar al menos un gol. La cuestión es que el encuentro se convirtió en un auténtico correcalles. El Sevilla llegó a plantarse hasta en tres ocasiones en oleadas frente a Toño, que se hartó de hacer paradas para evitar una goleada de escándalo. Por ejemplo, ante Reyes, Gameiro, Denis Suárez o Deulofeu, que se plantaron en sus narices con el balón controlado y en carrera.

Mientras hubo partido, el Sevilla mostró su capacidad en jugadas como la del primer gol. Un pase al hueco de Reyes para aprovechar la irrupción de Diogo. El centro atrás del portugués lo metió en la portería Iborra, sabiamente reconvertido ya a delantero. Curioso el caso del valenciano, irrelevante en el pivote, majestuoso en la mediapunta, donde sorprende por su técnica y visión de juego. Mientras Toño amargaba a Gameiro, el Sevilla acabó con el choque en el minuto 42. Otra buena combinación y centro al área de Denis Suárez que remató Carriço con precisión. Alcanzado el objetivo, el Sevilla se relajó.

Resultó increíble que no hubiera goles en la segunda mitad. El Rayo atacó con un descaro casi suicida y el equipo andaluz aprovechó para intentar aumentar su ventaja al contragolpe. Lo mismo fallaba goles increíbles Kakuta que Toño seguía con su exhibición. Un partido loco, sin mando, ya decidido, donde Emery se encontró con la enésima buena noticia para sus intereses: Sergio Rico se está haciendo un gran portero.

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Sueña Chicharito, sueña el Madrid

Celta y Madrid piropearon al fútbol. A ese fútbol trepidante, golpe a golpe, sin tregua. Ese fútbol, en definitiva, que irrita a los ortodoxos de las gaitas tácticas, a esos que festejan como éxito el bostezo, que nada pase, que nadie se descamise. En Vigo lo hicieron todos, en un duelo a toda mecha, sin protocolos. Una gozada. Lo fue hasta para el Celta, que cayó con gloria, reconocido por su gente, que tiene motivos para el orgullo. Y más aún para el Madrid, que ha encontrado en el inesperado Chicharito el hilo al que agarrarse para pelear la Liga y lo que sea. Los de Ancelotti se llevaron un partido mayúsculo. Forzados al límite por un estupendo rival, salvaron un escollo descomunal. Una de esas victorias de mucho mérito, como subrayable fue la actuación del equipo vigués, que se rebela a ser un club subsidiario. El fútbol agradece apuestas así. Un brindis.

El Celta tiene su banda sonora. No se siente inferior, no importa el tonelaje del adversario. Un equipo didáctico para muchos de su condición, un conjunto de pensamiento propio. Frente al Madrid, se sublevó desde la primera bocanada. Augusto Fernández, Krohn-Dehli y Orellana, a los que les gusta rumiar la pelota, dar palique al balón, catalizaron el juego. Los tres tienen panorámica, no desprecian un toque ni arrestados por el rival. Da gusta verles. De entrada fueron un tormento para la zaga madridista. El Celta rescataba la pelota con la presión alta, el Madrid sufría un engorro. Y cada pérdida era un aviso. Hasta que Nolito, a lo Nolito, con esa jugada tan de autor, con regate en diagonal desde la orilla izquierda, acabó por dejar planchado a Casillas, inmóvil tras colarse el remate bajo los pies de Varane. La jugada partió de un córner favorable a los de Ancelotti, a Illarra le birlaron la pelota y la contra cerrada por el extremo celtiña tuvo un broche algo rocambolesco: Sergio Ramos cruzó la cancha, de área a área, con la bota derecha en la mano.

La desventaja, con la Liga en Barcelona, exigía una respuesta firme del grupo de Ancelotti. No era una jornada de paso, para remolones. Al equipo le costaba sacudirse al contrario, un conjunto de puertas abiertas, que se repliega hacia adelante, sin recular. La posición del chileno Orellana, a espaldas de Kroos e Illarramendi, torturaba a los visitantes. Mala noticia para el vasco, tras verse del todo arrinconado en la última cita de Champions. Con Orellana de enganche para todos, Kroos no se daba por enterado, los centrales, a lo suyo con el ariete Larrivey, e Illarra, extraviado.

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Larrivey lanza ante Varane / Salvador Sas (EFE)

Aturdido el Madrid, el equipo encontró una vía de escape por la banda izquierda del Celta, donde Nolito, proclive a otras misiones, no escoltaba a los suyos. Ni siquiera se dejaba caer Cristiano por ese costado. Así fue en el empate visitante. James, como en el gol europeo de Chicharito al Atlético, se ha acostumbrado a dar carrete a CR por esa orilla. Lo hizo de nuevo en Balaídos y la incursión del portugués concluyó con un despeje hacia la frontal que cazó Kroos de maravilla, con un disparo contundente y con precisión de cirujano. El Celta notó la descarga y encajó el segundo tanto con Larrivey noqueado tras un trompazo de cabezas con Ramos, lo que le obligó a jugar con un gorro de látex como cortafuego de la sangre. La ruta fue la misma, el carril izquierdo celeste. También repitió el protagonista, James, el mejor mensajero del gol de este Madrid. El colombiano tiró dos paredes con Chicharito, suerte que maneja como los ángeles, y el mexicano, que está en onda, batió a Sergio, que hizo el sapo y el balón se alejó a la red entre sus piernas.

El partido no tenía pausa. A la reacción del Madrid correspondió la de los de Berizzo. Nada de achicarse. En otra oleada de buen juego, Santi Mina le tomó la matrícula a Marcelo, superado por un milimétrico servicio de Orellana. El vigués se presentó ante Casillas, su primer intento se fue al poste izquierdo del Madrid. Cazó el rebote por delante de Marcelo, y bingo. El encuentro no admitía descuido alguno, exigía una mirada fija, permanente. Toma y daca, pim, pam, pum. Conmovedor el Celta, llevado al extremo el Madrid, que demostró que la contundencia que le distingue también es cosa de suplentes, al menos de este Chicharito iluminado. Un goleador con ojo clínico cuando tiene escena. Con un exceso de vocación ofensiva, con la zaga local fuera de los cuarteles, el “guisante” habilitó a CR en una contra que concluyó con disparo cruzado del luso al poste. El preludio del 2-3, obra de James, que asiste y golea, otra vez en alza, de nuevo varios escalones por delante de Isco, solo fugaz con algún arabesco. James, con un desvío de Fontás, dejó al Madrid con el marcador de cara al filo del descanso tras un primer acto extenuante.

Cabía pensar que de vuelta del intermedio bajara el ritmo. Un espejismo. Nada de nada. El guion se mantuvo, con el Celta invadiendo el perímetro de Casillas, con Nolito de reto en reto con Carvajal, y casi siempre victorioso. El Celta iba con todo, el Madrid lo fiaba al horizonte despejado, al ataque a la carrera, como le gusta. Pero no le llegaba la jugada ansiada, porque su rival no cejaba en el empeño, iba, iba e iba. En uno de los asaltos, la gente reclamó penalti de Kroos a Orellana, en una acción confusa. El Madrid no tenía aire hasta que Sergio Ramos, en plan centurión, se lanzó a la aventura hasta la media cancha, donde nadie le obstaculizó el tranco y el defensa andaluz ejecutó un arquitectónico pase a Chicharito, que pinchó la pelota con exquisitez antes de batir a Sergio. Una veta de primera este Chicharito que parecía irrelevante.

Ni con 2-4 lo veía claro Ancelotti, sabedor de que enfrente había un adversario de cuerpo entero. La prueba es que el técnico italiano recurrió a Pepe y Arbeloa en detrimento de Chicharito y James. El Madrid bajó la persiana al duelo con seis defensas. El choque le había exigido de lo lindo y con el sueño de Chicharito puede seguir soñando. Para el Celta, honores. Si hay que perder, que se pierda así. Hay Liga, mucho Celta y mucho Chicharito.

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La Liga más atractiva

Sentenciadas casi todas las grandes ligas en Europa, la española mantiene el afilado pulso entre el Barcelona y el Real Madrid a falta de cinco jornadas para el final. Solo dos puntos les separan. El bipartidismo, quebrado el curso pasado por la irrupción del Atlético, se percibe ahora como un mal menor comparado con el absolutismo que, en otros torneos, ejercen los más poderosos. La lesión de Benzema ha permitido a Ancelotti encontrar un filón en Chicharito, sacrificado y listo tanto para jugar de espaldas a la meta rival como para abrirse caminos verticales hacia la portería anoche del Celta en Balaídos, donde marcó dos de los cuatro goles madridistas (2-4). Mientras, el Barça sigue cabalgando a lomos de su trío de atacantes, con un Messi cada día más dominante en todas facetas del juego, como el sábado en un derbi azulgrana en Cornellà ante el Espanyol de principio a fin.

En Italia, la Juventus no ha admitido réplicas más allá de algunos tramos de la Roma, descolgada ya a 15 puntos, uno menos que la Lazio. La Vecchia Signora, rival del Real Madrid en las semifinales de la Champions, ha tardado en volver a la élite europea y, por sus recursos, está todavía lejos de medirse al conjunto blanco de tú a tú, por mucho que el fútbol reserve sorpresas en cada esquina.

En la Bundesliga, el Bayern se proclamó ayer campeón tras pasearse una temporada más de la mano de Pep Guardiola, sin ni siquiera el incordio de un Borussia Dortmund desfondado, apenas animado por la remota presencia del Wolfsburgo. El panorama, además, invita a pensar en una competición sin rivales para el Bayern en los próximos cursos. Su cruce de semifinales ante el Barça despierta curiosidad y expectación en todos los rincones, ávidos del choque entre los dos cuadros más goleadores de la Champions.

En Inglaterra, el Chelsea ha aprovechado la confusión del Manchester City para consolidar el éxito de su apuesta mucho más defensiva (ayer empató sin goles ante el Arsenal en el Emirates y solo suma 65 tantos en 32 partidos por los 77 del Bayern en dos encuentros menos) y liderar la Premier con 10 puntos de ventaja sobre el conjunto de Pellegrini.

Solo Francia mantiene una distancia similar a la española entre el adinerado PSG, vapuleado por el Barça en los cuartos de final de la Champions, y la sorpresa del Olympique de Lyon, que ha vuelto a la élite después de una larga ausencia y queda a tres puntos. El Marsella, pese a un arranque ilusionante impulsado por la mística de Marcelo Bielsa, se ha desplomado en la segunda parte del campeonato y ya está a 11 puntos.

Otro signo de la vitalidad de la Liga es la tabla de goleadores. Hay vida detrás de los dos monstruos. La estela que dejan Cristiano Ronaldo (39 tantos) y de Messi (36) la pisa Griezmann (22 en 32 encuentros). El delantero francés del Atlético sería, con esa cifra, el máximo anotador de las tres principales Ligas europeas: por delante de los 21 tantos de Agüero en 29 partidos con el City; los 19 de Meier en 26 con el Eintracht de Fráncfort; y los 18 de Tévez en 28 citas con la Juventus. La excepción otra vez llega de Francia: Lacazette, el atacante del Lyon, ha alcanzado las 25 dianas en 29 duelos. El cuarto de la Liga, Neymar con 19, también se codearía entre los mejores en algunos torneos europeos.

Tal y como ha llegado el Barça al tramo final, nadie parece capaz de pararlo si no es el Atlético en la penúltima jornada en el Calderón. Los otros cuatro rivales son de la parte media de la tabla hacia abajo: Getafe, Córdoba, Real Sociedad y Deportivo. El Madrid, en cambio, se enfrentará a los dos principales escollos seguidos, el Sevilla en el Pizjuán y el Valencia en el Bernabéu, justo en medio de la eliminatoria frente a la Juve.

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