El Sevilla, una máquina de ganar

No contento con sus andanzas en Europa, el Sevilla muestra una ambición incontenible también en la Liga. El equipo de Emery es una máquina casi perfecta, que tiene aprendida la lección y en la que todos sus engranajes funcionan con precisión suiza. Lo mismo rinde Vitolo que Denis Suárez. Lo mismo Kolo que el lesionado Pareja. Da igual que juegue Reyes o lo haga Aleix Vidal. Gameiro o Bacca.

El Sevilla responde siempre. En especial en Nervión, donde acumula ya la friolera de 34 partidos sin perder. El conjunto andaluz resalta por su pegada, descomunal, y su fiabilidad. En espera de lo que haga el Valencia hoy ante el Granada en Mestalla, recupera la cuarta plaza.

Vino a ayudarle un Rayo de muy buenas maneras y pocas maneras defensivas. Algo de sobra conocido en el grupo que dirige Paco Jémez, que muere con sus ideas. Incluso no alinear a Bueno. Además, tuvo la mala suerte de que se le lesionara Amaya a los 13 minutos, fundido ante la primera carrera del rápido Gameiro. La adelantada defensa del Rayo fue una invitación a las carreras del francés, un bólido sin precisión, atento siempre a los pases filtrados de Reyes y Banega. No marcó Gameiro, pero tuvo hasta tres claras ocasiones para hacerlo. Se encontró con Toño, soberbio.

Tras un fantástico primer tiempo, Emery se permitió el lujo de acabar el partido con jugadores como Aspas y Deulofeu, que apenas han contado en los últimos éxitos del equipo. El Sevilla fue una apisonadora en el primer tiempo y luego se relajó, lo que permitió que el Rayo, al que a veces da gusto jugar, gozara de muchas ocasiones para marcar al menos un gol. La cuestión es que el encuentro se convirtió en un auténtico correcalles. El Sevilla llegó a plantarse hasta en tres ocasiones en oleadas frente a Toño, que se hartó de hacer paradas para evitar una goleada de escándalo. Por ejemplo, ante Reyes, Gameiro, Denis Suárez o Deulofeu, que se plantaron en sus narices con el balón controlado y en carrera.

Mientras hubo partido, el Sevilla mostró su capacidad en jugadas como la del primer gol. Un pase al hueco de Reyes para aprovechar la irrupción de Diogo. El centro atrás del portugués lo metió en la portería Iborra, sabiamente reconvertido ya a delantero. Curioso el caso del valenciano, irrelevante en el pivote, majestuoso en la mediapunta, donde sorprende por su técnica y visión de juego. Mientras Toño amargaba a Gameiro, el Sevilla acabó con el choque en el minuto 42. Otra buena combinación y centro al área de Denis Suárez que remató Carriço con precisión. Alcanzado el objetivo, el Sevilla se relajó.

Resultó increíble que no hubiera goles en la segunda mitad. El Rayo atacó con un descaro casi suicida y el equipo andaluz aprovechó para intentar aumentar su ventaja al contragolpe. Lo mismo fallaba goles increíbles Kakuta que Toño seguía con su exhibición. Un partido loco, sin mando, ya decidido, donde Emery se encontró con la enésima buena noticia para sus intereses: Sergio Rico se está haciendo un gran portero.

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Sueña Chicharito, sueña el Madrid

Celta y Madrid piropearon al fútbol. A ese fútbol trepidante, golpe a golpe, sin tregua. Ese fútbol, en definitiva, que irrita a los ortodoxos de las gaitas tácticas, a esos que festejan como éxito el bostezo, que nada pase, que nadie se descamise. En Vigo lo hicieron todos, en un duelo a toda mecha, sin protocolos. Una gozada. Lo fue hasta para el Celta, que cayó con gloria, reconocido por su gente, que tiene motivos para el orgullo. Y más aún para el Madrid, que ha encontrado en el inesperado Chicharito el hilo al que agarrarse para pelear la Liga y lo que sea. Los de Ancelotti se llevaron un partido mayúsculo. Forzados al límite por un estupendo rival, salvaron un escollo descomunal. Una de esas victorias de mucho mérito, como subrayable fue la actuación del equipo vigués, que se rebela a ser un club subsidiario. El fútbol agradece apuestas así. Un brindis.

El Celta tiene su banda sonora. No se siente inferior, no importa el tonelaje del adversario. Un equipo didáctico para muchos de su condición, un conjunto de pensamiento propio. Frente al Madrid, se sublevó desde la primera bocanada. Augusto Fernández, Krohn-Dehli y Orellana, a los que les gusta rumiar la pelota, dar palique al balón, catalizaron el juego. Los tres tienen panorámica, no desprecian un toque ni arrestados por el rival. Da gusta verles. De entrada fueron un tormento para la zaga madridista. El Celta rescataba la pelota con la presión alta, el Madrid sufría un engorro. Y cada pérdida era un aviso. Hasta que Nolito, a lo Nolito, con esa jugada tan de autor, con regate en diagonal desde la orilla izquierda, acabó por dejar planchado a Casillas, inmóvil tras colarse el remate bajo los pies de Varane. La jugada partió de un córner favorable a los de Ancelotti, a Illarra le birlaron la pelota y la contra cerrada por el extremo celtiña tuvo un broche algo rocambolesco: Sergio Ramos cruzó la cancha, de área a área, con la bota derecha en la mano.

La desventaja, con la Liga en Barcelona, exigía una respuesta firme del grupo de Ancelotti. No era una jornada de paso, para remolones. Al equipo le costaba sacudirse al contrario, un conjunto de puertas abiertas, que se repliega hacia adelante, sin recular. La posición del chileno Orellana, a espaldas de Kroos e Illarramendi, torturaba a los visitantes. Mala noticia para el vasco, tras verse del todo arrinconado en la última cita de Champions. Con Orellana de enganche para todos, Kroos no se daba por enterado, los centrales, a lo suyo con el ariete Larrivey, e Illarra, extraviado.

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Larrivey lanza ante Varane / Salvador Sas (EFE)

Aturdido el Madrid, el equipo encontró una vía de escape por la banda izquierda del Celta, donde Nolito, proclive a otras misiones, no escoltaba a los suyos. Ni siquiera se dejaba caer Cristiano por ese costado. Así fue en el empate visitante. James, como en el gol europeo de Chicharito al Atlético, se ha acostumbrado a dar carrete a CR por esa orilla. Lo hizo de nuevo en Balaídos y la incursión del portugués concluyó con un despeje hacia la frontal que cazó Kroos de maravilla, con un disparo contundente y con precisión de cirujano. El Celta notó la descarga y encajó el segundo tanto con Larrivey noqueado tras un trompazo de cabezas con Ramos, lo que le obligó a jugar con un gorro de látex como cortafuego de la sangre. La ruta fue la misma, el carril izquierdo celeste. También repitió el protagonista, James, el mejor mensajero del gol de este Madrid. El colombiano tiró dos paredes con Chicharito, suerte que maneja como los ángeles, y el mexicano, que está en onda, batió a Sergio, que hizo el sapo y el balón se alejó a la red entre sus piernas.

El partido no tenía pausa. A la reacción del Madrid correspondió la de los de Berizzo. Nada de achicarse. En otra oleada de buen juego, Santi Mina le tomó la matrícula a Marcelo, superado por un milimétrico servicio de Orellana. El vigués se presentó ante Casillas, su primer intento se fue al poste izquierdo del Madrid. Cazó el rebote por delante de Marcelo, y bingo. El encuentro no admitía descuido alguno, exigía una mirada fija, permanente. Toma y daca, pim, pam, pum. Conmovedor el Celta, llevado al extremo el Madrid, que demostró que la contundencia que le distingue también es cosa de suplentes, al menos de este Chicharito iluminado. Un goleador con ojo clínico cuando tiene escena. Con un exceso de vocación ofensiva, con la zaga local fuera de los cuarteles, el “guisante” habilitó a CR en una contra que concluyó con disparo cruzado del luso al poste. El preludio del 2-3, obra de James, que asiste y golea, otra vez en alza, de nuevo varios escalones por delante de Isco, solo fugaz con algún arabesco. James, con un desvío de Fontás, dejó al Madrid con el marcador de cara al filo del descanso tras un primer acto extenuante.

Cabía pensar que de vuelta del intermedio bajara el ritmo. Un espejismo. Nada de nada. El guion se mantuvo, con el Celta invadiendo el perímetro de Casillas, con Nolito de reto en reto con Carvajal, y casi siempre victorioso. El Celta iba con todo, el Madrid lo fiaba al horizonte despejado, al ataque a la carrera, como le gusta. Pero no le llegaba la jugada ansiada, porque su rival no cejaba en el empeño, iba, iba e iba. En uno de los asaltos, la gente reclamó penalti de Kroos a Orellana, en una acción confusa. El Madrid no tenía aire hasta que Sergio Ramos, en plan centurión, se lanzó a la aventura hasta la media cancha, donde nadie le obstaculizó el tranco y el defensa andaluz ejecutó un arquitectónico pase a Chicharito, que pinchó la pelota con exquisitez antes de batir a Sergio. Una veta de primera este Chicharito que parecía irrelevante.

Ni con 2-4 lo veía claro Ancelotti, sabedor de que enfrente había un adversario de cuerpo entero. La prueba es que el técnico italiano recurrió a Pepe y Arbeloa en detrimento de Chicharito y James. El Madrid bajó la persiana al duelo con seis defensas. El choque le había exigido de lo lindo y con el sueño de Chicharito puede seguir soñando. Para el Celta, honores. Si hay que perder, que se pierda así. Hay Liga, mucho Celta y mucho Chicharito.

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La Liga más atractiva

Sentenciadas casi todas las grandes ligas en Europa, la española mantiene el afilado pulso entre el Barcelona y el Real Madrid a falta de cinco jornadas para el final. Solo dos puntos les separan. El bipartidismo, quebrado el curso pasado por la irrupción del Atlético, se percibe ahora como un mal menor comparado con el absolutismo que, en otros torneos, ejercen los más poderosos. La lesión de Benzema ha permitido a Ancelotti encontrar un filón en Chicharito, sacrificado y listo tanto para jugar de espaldas a la meta rival como para abrirse caminos verticales hacia la portería anoche del Celta en Balaídos, donde marcó dos de los cuatro goles madridistas (2-4). Mientras, el Barça sigue cabalgando a lomos de su trío de atacantes, con un Messi cada día más dominante en todas facetas del juego, como el sábado en un derbi azulgrana en Cornellà ante el Espanyol de principio a fin.

En Italia, la Juventus no ha admitido réplicas más allá de algunos tramos de la Roma, descolgada ya a 15 puntos, uno menos que la Lazio. La Vecchia Signora, rival del Real Madrid en las semifinales de la Champions, ha tardado en volver a la élite europea y, por sus recursos, está todavía lejos de medirse al conjunto blanco de tú a tú, por mucho que el fútbol reserve sorpresas en cada esquina.

En la Bundesliga, el Bayern se proclamó ayer campeón tras pasearse una temporada más de la mano de Pep Guardiola, sin ni siquiera el incordio de un Borussia Dortmund desfondado, apenas animado por la remota presencia del Wolfsburgo. El panorama, además, invita a pensar en una competición sin rivales para el Bayern en los próximos cursos. Su cruce de semifinales ante el Barça despierta curiosidad y expectación en todos los rincones, ávidos del choque entre los dos cuadros más goleadores de la Champions.

En Inglaterra, el Chelsea ha aprovechado la confusión del Manchester City para consolidar el éxito de su apuesta mucho más defensiva (ayer empató sin goles ante el Arsenal en el Emirates y solo suma 65 tantos en 32 partidos por los 77 del Bayern en dos encuentros menos) y liderar la Premier con 10 puntos de ventaja sobre el conjunto de Pellegrini.

Solo Francia mantiene una distancia similar a la española entre el adinerado PSG, vapuleado por el Barça en los cuartos de final de la Champions, y la sorpresa del Olympique de Lyon, que ha vuelto a la élite después de una larga ausencia y queda a tres puntos. El Marsella, pese a un arranque ilusionante impulsado por la mística de Marcelo Bielsa, se ha desplomado en la segunda parte del campeonato y ya está a 11 puntos.

Otro signo de la vitalidad de la Liga es la tabla de goleadores. Hay vida detrás de los dos monstruos. La estela que dejan Cristiano Ronaldo (39 tantos) y de Messi (36) la pisa Griezmann (22 en 32 encuentros). El delantero francés del Atlético sería, con esa cifra, el máximo anotador de las tres principales Ligas europeas: por delante de los 21 tantos de Agüero en 29 partidos con el City; los 19 de Meier en 26 con el Eintracht de Fráncfort; y los 18 de Tévez en 28 citas con la Juventus. La excepción otra vez llega de Francia: Lacazette, el atacante del Lyon, ha alcanzado las 25 dianas en 29 duelos. El cuarto de la Liga, Neymar con 19, también se codearía entre los mejores en algunos torneos europeos.

Tal y como ha llegado el Barça al tramo final, nadie parece capaz de pararlo si no es el Atlético en la penúltima jornada en el Calderón. Los otros cuatro rivales son de la parte media de la tabla hacia abajo: Getafe, Córdoba, Real Sociedad y Deportivo. El Madrid, en cambio, se enfrentará a los dos principales escollos seguidos, el Sevilla en el Pizjuán y el Valencia en el Bernabéu, justo en medio de la eliminatoria frente a la Juve.

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Matar a Pep Guardiola

Cada partido de fútbol es una venganza por una cicatriz truculenta que un rival te legó en un viejo partido, cuyo recuerdo aún te acosa cuando apagas la luz. Nunca ves el minuto de cobrarla, por eso juegas a todas horas, y te vas con el balón a la cama, y le das toques a un cajetilla de cigarros vacía. Sin ánimo de revancha el fútbol no sería mas importante que la liga de bridge. No se puede jugar a vida o muerte, como corresponde, sin enemigos acérrimos y viles a los que devolver las infamias. Ellos son, en el fondo, los verdaderos amigos, los que le sacuden a uno el aburrimiento. Por suerte, el jugador se despierta por las mañanas con sed de venganza. Mi idea de un día perfecto es pisar una caca de perro nada más salir a la calle. A partir de ese instante tengo un buen motivo para vivir, y ya sólo sueño con el segundo en que encuentro al dueño del animal.

A un futbolista no le importa si hay que esperar años para saciar un desagravio, igual que Edmond Dàntes o Emma Sunz. Mientras discurre un plan infalible, sin fisuras, el tiempo pasa volando. Y entonces llega el día. Pocas veces la venganza se presentará tan bella y oscura como en el Barça-Bayern de Múnich. Llevaban dos años buscándose con indiferencia, de ese modo diplomático con el que dos personas se evitan. Quizá por eso cayeron el año pasado uno ante el Atlético y otro frente al Madrid. Simplemente, no era la hora. Para todo hay un minuto excelso, precedido de una larga espera. Pero ahora sí.

Pocas veces la venganza se presentará tan bella y oscura como en el Barça-Bayern de Múnich

El Barcelona se presenta a la cita bajo ese aspecto temible que tienen los pistoleros con bigote, proclives a desenfundar por menos de nada. Todo lo que hace últimamente el equipo de Messi, así sea retirarse al vestuario en el descanso, acarrea un gran peligro para el rival. La delantera lleva semanas llamando a todas las puertas, preguntando si vive ahí Pep Guardiola, como si fuesen policías de paisano en busca de un fugitivo que porta un secreto valiosísimo. A su modo, el Barça desea cumplir con el consejo de Faulkner a sus discípulos: “Mata a tus ídolos”. Éstos, después de alumbrarte el camino, se vuelven piedras en los bolsillos. Me temo que las revoluciones de tus maestros, reproducidas por tu generación, son papeleo de oficina. Necesitas tu propia revuelta.

Entretanto, en el Bayern han estado haciendo dedos con sus últimos rivales. En el tercer gol que le infligieron al Oporto, precedido de 25 pases, los tres últimos sin dejar que el balón tocase el suelo, para no ensuciarlo, aprovecharon para ensayar El Mesías de Händel. No en vano, gracias a Guardiola descubrimos que se podía jugar al fútbol en esmoquin, encima de un piano de cola, sin que se rayase. Será trepidante ver si se apropia del balón en el Camp Nou, y cómo minimiza a Messi, que nos enseñó que se puede hacer sonar un piano aunque no tenga teclas.

La venganza es impostergable. Comparecen tantas deudas del pasado, que será casi una semifinal escrita por Borges, en la que uno de los dos equipos, en un instante imperceptible, al fin saca un revólver familiar de un cajón y aprieta tres veces el gatillo. Después el conjunto rival se desploma como si los estampidos y el humo lo hubiesen roto, mientras aún tiene tiempo a escuchar cómo su enemigo dice. “He vengado las viejas putadas”.

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Un gol de Castro con mucha historia

La fecha del 21 de marzo de 1971 quedó como una de las grandes en la historia del Celta de Vigo y no sólo por la victoria sobre el Madrid, aunque también por eso.

Aquella temporada, la UEFA había decidido transformar la Copa de Ferias (Copa de Ciudades en Feria) en torneo oficial. Ya no se iría por invitación, sino por clasificación. A España le corresponderían cuatro plazas.

Y ese era el objetivo del Celta, un objetivo que arrebató a la ciudad. El Celta tenía un buen equipo, fortísimo en Balaídos, donde estaba invicto. Un equipo compacto, con dos perlas. Una, el medio defensivo Enrique Costa, que sería traspasado al Barça. La otra, el fino y escurridizo delantero Rodilla, cuya aparición fue fulminante. Con 19 años, Kubala le hizo debutar en la selección ante Grecia. Y más: le metió en el equipo Resto de Europa que jugó en el homenaje al portugués Coluna, en diciembre de 1970. Y ahí estuvo, con los Cruyff, Beckenbauer, Fachetti…

El Celta había ampliado Balaídos con una nueva tribuna que elevaba la capacidad a 40.000. La inauguración estaba prevista para un España-Polonia sub-23, pero las obras estuvieron terminadas justo para recibir al Real Madrid, a cinco jornadas del final.

La ciudad hervía, claro. Era un Madrid un poco de entreguerras, en la que los ye-yés iban cumpliendo años y el veterano Gento estaba al borde de la retirada. Por primera vez, el Madrid (y Gento) no se habían clasificado para la Copa de Europa, después de ¡quince! presencias consecutivas. Jugaba la Recopa, en la que llegaría a la final, que perdería tras desempate con el Chelsea. En la Liga había empezado así así, pero en la segunda vuelta había mejorado mucho. Cuando llegaba esa jornada veintiséis, amenazaba ya al trío de cabeza, Valencia, Atlético y Barça. Traía victorias de sus dos últimas salidas, al Camp Nou y San Mamés. Amenazaba la imbatibilidad de Balaídos.

Las 40.000 localidades del remozado Balaídos volaron entre espectaculares colas en la Central de Espectáculos, donde se vendían. La directiva declaró Día del Club, lo que suponía que todos los socios tenían que pagar y la recaudación fue de ocho millones, que ayudarían a pagar la obra, como el traspaso de Enrique Costa al Barça. Había sido vendido por 11 millones, pero seguía en el Celta hasta final de la temporada. Además del dinero, el Barça metía en la operación la ficha de Castro, una perla de la época. Interior cerebral, fan de Luis Suárez cuando niño. Y de Velázquez luego.

Ese año la participación en la Copa de Ferias se obtenía por clasificación y no por invitación

Santiago Castro, gallego de Mugrados, había despuntado en El Ferrol, en Segunda, donde hacía la mili en la Marina. De ahí le fichó el Barça. La primera temporada le fue mal, porque aunque consiguió el traslado a Barcelona, le tuvieron frito: “El Jefe de la Comandancia era perico, me dijeron. No me dejaban ni entrenar y me frieron a guardias. Tanto fue así, que pedí el traslado a Madrid, y allí al menos pude entrenarme algo. ¡Aún tengo pesadillas sobre aquella temporada. Hasta ahí llegó la obsesión!”.

Sólo pudo entrar a final de temporada, en la Copa de Ferias y la Copa, cuando acabó la mili. Estuvo en el banquillo el día del penalti de Guruceta. El segundo fue titular. Debutó en la Liga en el Bernabéu, el día de la lesión de Bustillo. Pero en la 70-71, con Buckingham, se vio suplente. Cuando sobrevino la oportunidad de entrar en la operación Costa, le agradó: “Lo que quería a esa edad era jugar. Y volvía a Galicia”.

La semana del partido tiene una sorpresa. Aunque la operación no era efectiva hasta la 71-72, el Barça decide, para reforzar al Celta, cederlo en los últimos cinco partidos, empezando por el del Madrid, claro. Así que viajó antes de tiempo.

El Celta se concentra en el Parador de Tuy. Su entrenador, Juan Arza, un navarro-andaluz que fue leyenda como jugador en el Sevilla, (algo así como el Kubala o el Di Stéfano del club sevillano), se siente incómodo cuando le preguntan si Castro va a ser titular. En la delantera hay, además, la baja de Rodilla. Arza se muestra renuente. Es un refuerzo caído del cielo, pero sin encaje con el resto. Por otra parte, hay presión en la calle y en la prensa, y más con la ausencia de Rodilla. El Madrid llega el sábado en coche cama y se aloja en Samil. Muñoz, que en sus inicios había jugado en el Celta y es bien recordado, se muestra prudente y cortés en sus declaraciones. Reconoce que se juegan la Liga. Al Madrid el partido le llega en mal momento, en vísperas de la visita europea del Cardiff, frente al que hay que remontar un 1-0 de la ida.

Era un Madrid un poco de entreguerras, en la que los ye-yés iban cumpliendo años

Ha llovido toda la semana, pero en la mañana del domingo clarea y sale el sol. Como hay viento, se confía en que eso ayude a secar el campo. Confía sobre todo el Madrid. Los barrizales de Balaídos, cuyo terreno sufría mucho los desbordamientos del río contiguo, el Lagares, eran legendarios en la época. Hoy se ha aliviado el problema

A las cuatro y media saltan al campo:

Celta: Gost; Isabelo, Rivas, Hidalgo; Costas, Manolo; Lezcano, Almagro, Doblas, Rivera y Jiménez. Hay un ¡oh! de decepción cuando se ve que no está Castro. Real Madrid: Borja; Zunzunegui, Benito, Sanchís; Grande, Zoco; Amancio, Pirri, Grosso, Velázquez y Marañón. Zunzunegui había sido del Celta. Se le pita, por haberse marchado. El único aplaudido del Madrid es Pirri, que viene de hacer el miércoles dos goles con la selección en Valencia, ante Francia, con los que igualó un 0-2.

Arbitra el valenciano Cardós, protestadísimo.

Al Madrid el partido le llega en mal momento, en vísperas de la visita europea del Cardiff

El campo está pesado y el Madrid se mueve mal. El entusiasmo del Celta le encajona y apenas sale. Al descanso, cero a cero y el público se queja de dos penaltis en el área del Madrid. La segunda parte tiene el mismo son. En el minuto 60, Zoco, lesionado, deja el sitio a De Felipe. Se pide otro penalti, el más claro según las crónicas de la época, de Benito a Doblas. El Celta renueva su rabia atacante y por fin llega el gol, en el 70, en cabezazo en escorzo de Jiménez. Inmediatamente, Arza retira al delantero centro, Doblas, y mete a Castro, para calmar el juego y retener el balón. Muñoz reacciona al revés: retira al medio Grande para meter a Fleitas, delantero goleador.

El Madrid pasa al ataque, en una de sus clásicas reacciones y vuelca el campo sobre el área de Gost. Queda más de un cuarto de hora. En juego está, por un lado, la lucha por la Liga; por el otro, la persecución de la plaza UEFA.

El apretón dura y dura, Gost lo pasa mal, pero en una de las pocas salidas del Celta, Castro agarra un tirazo fenomenal. ¡2-0! El refuerzo de última hora, el hombre cedido por el Barça para la ocasión, resuelve. Es el 87 y ya no hay tiempo para más. Balaídos estalla en júbilo. Los madridistas, fatigados, bajan la cabeza.

Aquella fue la Liga que ganó el Valencia ese día que perdió en Sarriá en la última jornada, mientras empataban en el Manzanares el Atlético y el Barça. El Madrid se quedó a dos puntos del campeón. ¿Los puntos de Balaídos? El Celta fue sexto y se convirtió en Eurocelta. Se inscribió entre los clasificados para la primera Copa de la UEFA, aunque la aventura sería corta: cayó a la primera, ante el Aberdeen escocés.

Castro trabaja hoy en el cuadro técnico del Celta. Ha seguido en el club desde entonces. Recuerda, claro, con cariño aquel día: “En realidad, el Madrid siempre se me dio bien. Durante los diez años que jugué, les marqué gol casi siempre. Claro, que ese fue especial. Le pegué con todo y esos balones suelen salir para cualquier lado. ¡Pero salió para donde debía!”.

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Fútbol de alto precio

El precio estándar de las entradas de fútbol se ha multiplicado por cinco en los últimos 20 años. Mientras el asiento se mantiene a precio de oro, el espectáculo desciende y se coloca bajo mínimos. Asientos vacíos y estadios sin alma campean en la Primera División española. Con un 65,2% de asistencia, sigue de lejos a Inglaterra con un 94,1% y a Alemania, con un 91,6%.

El fútbol español necesita de sus aficionados, y los aficionados de un fútbol que permite liberar tensiones acumuladas durante dos semanas. Se vive con pasión el deporte “rey”.— Ignacio Trénor Dalmau.

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10 heridos por una carta bomba durante el derbi Torino-Juventus

Diez heridos, de los cuales uno en estado grave, se registraron anoche en la zona del estadio Olímpico ocupada por los seguidores del Torino al estallar una carta bomba atribuida a hinchas del Juventus de Turín durante la disputa del derbi liguero turinés (2-1). Los heridos son todos torinistas, se ubicaban en el denominado Fondo Primavera y resultaron alcanzados por trozos de los asientos tras estallar el artefacto.

De los heridos, según informaron los carabineros (policía militarizada), ocho están fuera de peligro tras ser tratados en un hospital y dados de alta, mientras dos están en peligro, si bien solo uno de ellos presenta una cierta gravedad y permanece en un hospital turinés.

Ya en las horas previas, se habían producido incidentes entre ambas aficiones tanto en la ciudad como en los aledaños del estadio Olímpico, campo del Torino.

Incluso, a la llegada al estadio, el autobús del equipo juventino, que lidera la Liga italiana, sufrió la rotura de un cristal por lanzamientos de piedras y huevos por parte de seguidores del Torino.

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Adrián, el hijo del frutero

Adrián San Miguel (Sevilla; 1987) se ha convertido en el primer portero en la historia de la Premier en detener tres penaltis consecutivos. Lo ha hecho con el West Ham. El primero fue el pasado 22 de febrero ante el Tottenham, deteniendo el lanzamiento de la última figura del fútbol inglés, Kane. El segundo lo paró el 7 de abril contra el Leicester después del disparo de David Nugent. El tercero lo detuvo el sábado en el duelo de los hammers frente al QPR. Adrián desvió el lanzamiento de Charlie Austin. Un registro que ensalza la gran temporada que está realizando Adrián, un portero criado en la cantera del Betis, andaluz por los cuatro costados e hijo de un frutero bético, Manuel San Miguel, que lo dio todo para que su hijo fuera futbolista. En el barrio sevillano de las 800 Viviendas, todo el mundo conoce a Miguel y, por supuesto, a Adri, el meta que triunfa en la Premier.

“Llegó con nosotros en alevines. Fue pasando por todas las categorías hasta que un año, en el Betis C, pegó un salto brutal. Entonces nos dimos cuenta de que había portero para el primer equipo”, afirma Miguel Valenzuela, por entonces coordinador de la cantera bética y descubridor de Adrián. “Luchó mucho para estar en la élite”, destaca. En el Betis progresó con José Ramón Esnaola, que fue puliendo al meta. “Ahora es muy rápido bajo los palos a pesar de su altura. Es muy seguro y muy fiable en el uno contra uno”, añade Valenzuela. Después de 16 años en el Betis, solo jugó uno con asiduidad en el primer equipo, en la temporada 2012-13. Jugó 32 partidos y acabó contrato. El Betis le ofreció una migaja y emigró al fútbol inglés.

Adrián voló ayer desde Londres a Sevilla para pasar un par de días de descanso. Su West Ham vive con comodidad en la 11ª plaza. “Me dolió mucho la forma de salir del Betis. Los que mandaban decidieron apostar por porteros de fuera. Me salió la oferta del West Ham y al principio fue duro, pero ahora estoy muy contento”, afirma Adrián nada más llegar a la casa de sus padres, donde le espera Manuel con el chándal del West Ham. “Pero sigue siendo socio del Betis”, apostilla Adrián. “Es un premio al trabajo y al estudio que hemos hecho de cómo lanzan los delanteros. Sabíamos que Kane y Austin tiran a su derecha. Acertamos, como también en el caso de Nugent, que lanza los penaltis a la izquierda”, destaca el portero sevillano. “La Premier es una Liga estupenda por su competitividad y organización, pero los mejores equipos del mundo están en España y son el Madrid y el Barcelona”, añade. “Estoy en mi mejor momento y soy muy querido por la afición”, afirma Adrián, quien en unos dieciseisavos de la FA Cup anotó el penalti con el que el West Ham eliminó al Everton. Le metió el gol al español Yoel. “Sabe una cosa, el West Ham es el equipo histórico de Londres y de la gente de la ciudad, que no es mucha. Es un equipo sufridor, como el Betis”, aclara Adrián, quien vive en la planta 28 de un céntrico edificio de la capital inglesa, donde vive inadvertido en compañía de Zárate y Valencia, sus mejores amigos del West Ham.

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